Querido cuerpo, aún no te quiero tanto.

Juzz Pincay Pazmiño
5 min readJan 13, 2020

‘¿Para qué? ¿Para quién? ¿De verdad quiero pasar por este mundo sin comer harinas para que los hombres y la sociedad me quieran más? ¿Me van a querer? ¿No voy a morir sola si estoy más flaca?’

María del Mar Ramón, “Tirar y vivir sin culpa’’

Matrimonio en enero. En una playa. Amigas. Amigos. Todo era emoción, plan y grupo de whatsapp hasta que me di cuenta que mi cuerpo iba a exponerse a la tortura del bikini, de las blusas sin mangas, de las fotos de otros.

Intenté hacer fasting, fracasé, dejé de beber alcohol un mes pero el arroz con choclo se introdujo en mi vida como virus en diciembre. Me repetí lo que siempre me digo cuando me pongo un vestido ajustado: nadie se va a dar cuenta que subiste de peso, solo no dejes que te tomen fotos, nadie te está juzgando. Sin éxito. Decidí llevar enteros para no tener que exponer mi nula cintura. Lo mismo que nada.

Mi viaje fue hermoso, pero la hora del bikini y de la auto fiscalización frente al espejo cada mañana fue tenaz. Me tomaba fotos y me grababa bailando, porque conozco mis ángulos y sé como ‘me veo bien’. Cuando revisaba la fotos que otros me tomaban, no podía dejar de examinar mis brazos, mis piernas y mi barriga sin soportar la idea de que suban todo a redes sociales y me juzguen, todo porque ellos no saben mis ángulos y como ‘me veo bien’.

Estos días no he dejado de pensar que si bien nunca he sido esclava de las dietas, ni de las fajas (las odio), ni he sufrido desórdenes alimenticios severos siempre he sido muy dura conmigo y me he restringido de vivir mi cuerpo en plenitud por pensar que no soy lo suficientemente delgada.

Cuando tenía 21 años pesaba menos de 45 kilos y me costaba subir de peso, por eso tomé por tres meses -sin supervisión- pastillas de levadura de cerveza que no hicieron ningún efecto instantáneo en mi cuerpo, pero que alteró mi ciclo hormonal y me obligó a visitar a mi ginecóloga que me explicó el daño que me estaba haciendo y como esto, años después, podría tener efectos en mi peso.

Rosa, mi ginecóloga, tuvo razón. Por años fue así: subir y bajar. Sin forzarlo solo subía y bajaba de peso ¿el resultado? Infinitas estrías en mis nalgas, senos y piernas que al contraste de mi color de piel son muy notorias. Una amiga dijo que le gustaba como se veían las estrías en sus piernas, yo le dije que también. Mentí. Pienso que los cuerpos que dicen amarse en televisión y redes son de mujeres que no tienen estrías y yo sí. Otra consecuencia: manchas. Tengo manchas en todo el cuerpo que me avergüenzan, pecas en mi rostro que no acepto y tonalidades que, dentro de mi piel morena, se ven ‘feas’.

El amor propio me parece tan necesario como imposible, y es que las redes sociales y los medios de comunicación me enseñan el amor propio en mujeres que entiendo ‘perfectas’. Entonces, hay días en los que resuelvo que solo podré amarme cuando me vea como ellas.

El feminismo que me ha dado tanto, del que he aprendido un montón y me enseñó a cuestionar desde los discursos que me entregan hasta lo que leí en los libros, no ha logrado que deje de verme al espejo y piense: ‘qué gorda que estoy’. Al mismo tiempo, para reafirmar que ‘me amo’ me hice algunas sesiones de fotos y si se veía un rollo, en una falsa aceptación, lo colocaba de caption: ‘miren mi rollito’, que me vean graciosa, que vean que me río de mis imperfecciones, les juro que así me amo. Mentira. Las borraba. Las volvía a publicar. Las borraba. Soy una contradicción entre lo que le pido ser al resto y lo que yo realmente era o soy.

Tampoco he logrado dejar de compararme constantemente con todas las mujeres del planeta. Y al mismo tiempo escribo y ruego que dejemos de hacerlo, porque en serio quiero dejar de hacerlo. Quiero, además, dejar de pensar que cuando sea flaca voy a ser más feliz. Quiero dejar de pensar que mis amigos se burlan, en grupos de whatsapp, de mi cuerpo. Que ellos, al igual que yo, me comparan con el resto de mujeres. Quiero dejar de querer de alguna manera su aprobación, algo que reprocho tanto en público.

Pero sobre todo, quiero dejar de pensar que de mi cuerpo van a depender mis relaciones. Siempre, en un modo de autodefensa y haciéndome la graciosa repito que los hombres se han fijado en mí por mi sentido del humor y no por mi físico. Siempre me sentí orgullosa de decir eso, ahora no porque sé que estoy anulando parte de lo que soy. Soy este cuerpo y debería quererlo. Debería.

Corro cuando puedo, más que por el ejercicio lo hago porque su efecto me relaja. Durante estos dos últimos años he dejado algunos carbohidratos, poco a poco y de forma intermitente. No tomo gaseosa y tomo jugos, de vez en cuando. Soy adicta al té. Bebo alcohol -mucho, diría mi madre- y lo compenso con dos meses al año donde lo dejo completamente por un tema de exámenes.

He estado en mi peso ‘ideal’ y mis brazos me siguen pareciendo de terror. No importa lo delgada que pueda estar, mis cachetes no se mueven. Soy una mujer de 1,57 a la que se le nota la mínima subida de peso, y que ha escuchado demasiadas veces que otra mujer ‘tiene buen cuerpo’ con el que, por inercia, me comparo.

Soy una chica a la que le repiten que es ‘muy fotogénica’ y que entiende: ‘eres gorda y en las fotos no te ves así’.

En un mes cumpliré 28 años, y tengo 872837423 fotos hermosas que nunca subiré porque se me ve papada, y quisiera parar. Parar de tenerle miedo a la palabra ‘gorda’ ‘tuca’ ‘rellenita’. Una de mis mejores amigas dice que ‘estos son los mejores años de teta’ y siento que los estoy perdiendo entre tantos miedos.

Escribo esto porque estuve 6 días, sin parar, dándome duro y pensando, incluso, que necesito operarme (cosa que no va a pasar porque le tengo fobia al quirófano), cuando mis mejores amigas me preguntaron qué tal el viaje, lo primero que les dije fue que estaba gorda y que eso me puso mal. Red flag.

Escribo esto porque prometí ser compasiva con mi proceso y mi cuerpo, y porque si antes no me atreví a hablarlo es porque sentí que estaba exagerando. Gracias al activismo aprendí que ninguna de las experiencias que me atraviesan y me hacen llorar son una exageración, y que de todas se debe hablar.

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